viernes, 26 de octubre de 2012

Miedo

La tormenta de sinfonías que mantenían mi mente en suspensión había cesado y por fin podía descansar.


La noche se había alargado más de la cuenta, pero empujado por el deseo de escuchar hasta el último arpeggio, soñaba despierto entre acordes de imaginación.


Una vez arropado una extraña sensación se apoderó de mí. Mi cerebro necesitaba descanso, y me lo hacía saber. Parecía querer castigarme por haberlo tenido trabajando tanto tiempo sin descanso. ¿Por qué si no iba yo a sentir una presencia en mi angosta habitación? Apenas hay dos pasos del armario a mi cama y... sin embargo, me sentía observado.
No tuve el valor de incorporarme a comprobar si de verdad alguien había allí. Mientras tanto, traicionado por mi subconsciente, comenzaba a delirar. Este comenzó a destilar fantasías que me hacían estremecer.



Entre las sábanas de mi cama me retorcía, mientras impasible el viejo reloj de péndulo cumplía con su función. “Tic-tac”, recitaba como de costumbre.

Terribles sensaciones invadían mi agotado cuerpo. Puedo sentír como algo me roza la espalda. Una voz, suave, susurra mi voz desde la tiniebla... Algo se ha acostado en mi cama, junto a mí.

Cada uno de estos brotes de pánico venía acompañado de unas terroríficas y realistas sensaciones que aceleraban mi ritmo cardíaco. Podía oír mi corazón latir con fuerza, tratando de salir de mi pecho, tal vez intentando huir del trágico sino que pudiera aguardarme aquella impía noche del más frio mes de octubre.

A medida que mi corazón latía con mayor intensidad, mi respiración se hacía más fuerte. Como si en cada exhalación un trozo de mi alma quisiera acompañar a mi despavorido corazón, que ensordecía ya al viejo reloj de madera, que preciso, señalaba la hora. Maldita hora en la que decidí acostarme de espaldas al resto de la habitación.

Pero en un arrebato de cordura y lucidez, decidí contener mi aliento. Lo contuve y me dispuse a incorporarme violentamente. Si algo hubiera de pasar, lo haría de frente, encarando al destino.
Y el destino se había encarnado en la más terrible de sus formas.

Perplejo, contemplé el rostro de mis inquietudes. Confuso comprobé de nuevo que lo que había en mi habitación, lo era en verdad.

Tan solo oscuridad, y nada más.